¿Por qué el uso del velo o mantilla en las mujeres?

Abril 30, 2018
Origen: Distrito de México

Durante el Concilio Vaticano II los periodistas preguntaron al entonces Padre Bugnini si las mujeres debían seguir cubriendo sus cabezas. Él respondió que ese tema no había sido discutido. Los periodistas interpretaron su respuesta como un “no”, publicando esta información errónea en los diferentes diarios alrededor del mundo. Desde entonces, la mayoría de las mujeres católicas abandonaron la tradición...

Durante dos mil años las mujeres católicas han cubierto su cabeza con un velo o mantilla antes de entrar a una iglesia, o siempre que estuvieran en presencia del Santísimo Sacramento (como cuando la Sagrada Eucaristía es llevada a los enfermos). El Código de Derecho Canónico tradicional –el de 1917–, en el canon 1262, obligaba a las mujeres a cubrir sus cabezas “especialmente cuando se aproximan a la mesa sagrada”.

Después de muchos años de repudio a la mantilla, en especial por partes de las mujeres, el Vaticano, no queriendo ser antagónico o contrariar a las feministas, simplemente pretendió que el tema no existía. Es más, cuando se compuso el Código de Derecho Canónico de 1983, el uso de la mantilla directamente no se mencionó. Obsérvese que no se abrogó, sino que simplemente no se mencionó. De todas formas, los cánones 20 y 21 del Código de Derecho Canónico de 1983 dejan en claro que una ley canónica posterior abroga una ley canónica precedente únicamente cuando lo hace explícitamente y que, en caso de duda, la revocación de la ley precedente no debe ser asumida. Por tanto, de acuerdo al Código de Derecho Canónico, y a una costumbre inmemorial, las mujeres tienen la obligación, aun hoy día, de cubrir sus cabezas en presencia del Santísimo Sacramento.

El uso del velo en el cristianismo es sumamente importante, y no un tema que le concierne “sólo” al Código de Derecho Canónico, sino a dos milenios de Tradición de la Iglesia, extendiéndose al Antiguo Testamento y a exhortaciones en el Nuevo Testamento. Al respecto, San Pablo escribió (I Corintios 11,6):

“Sed, pues, imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo. Yo por mi parte os alabo, hermanos de que en todas las cosas siempre os acordéis de mí, y de que guardéis mis instrucciones, conforme os lo tengo enseñado. Mas quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, como el varón es la cabeza de la mujer, y Dios lo es de Cristo. Todo varón que ora o profetiza, teniendo la cabeza cubierta, deshonra su cabeza. Al contrario, mujer ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; siendo lo mismo que si se rapase. Por donde, si una mujer no se cubre con un velo, que se rape también. Si es deshonroso para una mujer cortarse el pelo o raparse, cubra su cabeza. Lo cierto es que no debe el varón cubrir su cabeza, pues él es la imagen y gloria de Dios, mas la mujer es la gloria del varón. Que no fue el varón formado de la mujer, sino la mujer del varón. Como ni lo fue tampoco el varón creado para la mujer, sino la mujer para el varón. Por tanto, debe la mujer traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción a la potestad por respeto a los ángeles. Bien es verdad que en el Señor ni el varón existe sin la mujer, ni la mujer sin el varón. Pues así como la mujer fue formada del varón, así también el varón nace de la mujer; pero todas las cosas vienen de Dios. Sed jueces vosotros mismos: ¿Es decente para la mujer hacer oración a Dios sin cubrirse? ¿No es así que la naturaleza misma os dicta que no es decente al hombre dejar crecer su cabellera? Por el contrario, para la mujer es gloria dejarse crecer el pelo, porque los cabellos le son dados a manera de velo. Pero si, con todo eso, alguno se muestra terco, sepa que nosotros no tenemos esa costumbre, ni la Iglesia de Dios”.

De acuerdo a la enseñanza de San Pablo, las mujeres deben usar el velo como signo de que la gloria de Dios, no la propia, es el centro del culto. También como signo externo del reconocimiento de, y sumisión a, la autoridad, tanto de Dios como de los esposos (o los padres, de acuerdo al caso), y del respeto a la presencia de los Santos Ángeles en la Divina Liturgia. En el uso del velo o mantilla se refleja el orden divino invisible y lo hace visible. San Pablo presenta esto claramente como una ordenanza, ya que es la práctica de todas las iglesias.

Si se lee detalladamente este pasaje de la Sagrada Escritura, podrá notarse que San Pablo nunca se sintió intimidado al romper tabúes innecesarios. Fue él quien enfatizó, una y otra vez, que la circuncisión y que la Ley Mosaica en su totalidad no eran necesarias… ¡y se estaba dirigiendo a los cristianos de origen hebreo! La tradición y las ordenanzas sobre el uso del velo son asuntos en los cuales San Pablo no estaba influenciado por su cultura. El velo o mantilla es un símbolo tan relevante en la mujer, como la sotana en el sacerdote y el hábito en la monja.

Obsérvese también que San Pablo no se comporta de manera alguna como un “misógino” (“con fastidio o aversión hacia las mujeres” [N. del T.]). Él asegura que, mientras la mujer está hecha para la gloria del hombre, al igual que el hombre está hecho para la gloria de Dios, “en el Señor ni el varón existe sin la mujer, ni la mujer sin el varón. Pues así como la mujer fue formada del varón, así también el varón nace de la mujer; pero todas las cosas vienen de Dios”. Los hombres necesitan de las mujeres; las mujeres necesitan de los hombres. Poseen, sin embargo, diferentes roles, iguales en dignidad, y todos para la gloria de Dios (¡y por supuesto, con un trato absolutamente equitativo en cuestiones de caridad!). La mantilla es un signo del reconocimiento de esas diferencias entre unos y otros.

El velo es, también, un signo de modestia y castidad. En los tiempos del Antiguo Testamento, descubrir la cabeza de una mujer era visto como una forma de humillarla, o de castigar a las mujeres adúlteras y a las que transgredían la Ley (Números, 5, 12-18; Isaías, 3, 16-17; Cantares 5, 7). Una mujer hebrea nunca habría ni siquiera soñado con entrar al Templo (o más tarde, la sinagoga) sin cubrirse la cabeza. Esta práctica, simplemente, continuó en la iglesia Católica.

AQUELLO QUE SE CUBRE CON VELO ES SAGRADO

Obsérvese lo que san Pablo dice: “para la mujer es gloria dejarse crecer el pelo, porque los cabellos le son dados a manera de velo”. Las mujeres no usan velo por un cierto sentido “primordial” de vergüenza femenina; lo que cubren es su gloria, de tal manera que, en cambio, sea Él glorificado. Se cubren con el velo porque son sagradas y porque la belleza femenina es increíblemente poderosa. Y para mayor credibilidad, adviértase cómo la imagen de la mujer es usada para vender cualquier cosa, desde shampoo hasta autos nuevos o usados. Las mujeres necesitan entender y ordenar el poder de la femineidad y actuar acorde a ello, siguiendo las reglas de la modestia en el vestir, incluyendo el uso del velo.

Mediante la renuncia de su gloria a la autoridad de Dios y de sus maridos, las mujeres se subordinan a ellos de la misma manera que la Santísima Virgen se sometió al Espíritu Santo –“Hágase en mí según tu palabra…”–; el velo es un signo tan poderoso y hermoso como lo es cuando un hombre se pone de rodillas para pedir a su novia que se case con él.

Ahora, considérese qué otra cosa estaba cubierta con velo en el Antiguo Testamento:

¡El Santo de los Santos! Hebreos 9, 1-8: “Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y el santuario terrenal. Porque había un tabernáculo preparado en la parte anterior (del Templo), en el cual estaban el candelabro, la mesa y los panes consagrados; éste se llama el Lugar Santo. Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Santo de los Santos, el cual tenía el altar de oro del incienso y el Arca de la Alianza cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó, y las tablas del pacto; y sobre ella estaban los querubines de gloria que daban sombra al propiciatorio; (…) Así preparadas estas cosas, los sacerdotes entran continuamente al primer tabernáculo para oficiar en el culto; pero en el segundo, sólo entra el sumo sacerdote una vez al año, no sin llevar sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados del pueblo cometidos en ignorancia. Queriendo el Espíritu Santo dar a entender esto: que el camino al Santo de los Santos aún no había sido revelado en tanto que el primer tabernáculo permaneciera de pie.

El Arca de la alianza era conservada detrás del velo del Santo de los Santos. Y en la Misa, ¿qué es lo que se conserva cubierto con un velo hasta el Ofertorio? El Cáliz, el recipiente que habrá de contener la Preciosísima Sangre. Y, entre Misas, ¿qué es lo que se encuentra cubierto con un velo? El Copón en el Sagrario, el recipiente que contiene el mismísimo Cuerpo de Cristo. Estos recipientes de Vida están cubiertos por un velo porque son sagrados.

¿Y a quién se ve cubierta siempre con un velo? ¿Quién es la Santísima, el Arca de la Nueva Alianza, el Vaso de la Verdadera Vida? Nuestra Señora, la Santísima Virgen María. Al usar el velo, las mujeres la emulan y se afirman como mujeres, es decir, como vasos de vida.

Texto tomado de un boletín del Priorato del Inmaculado Corazón de María de Salta