La cuestión del papa hereje - 6b

Septiembre 18, 2017
Origen: Distrito de México

Esta segunda sección de la Parte 6 del minucioso estudio realizado por el padre Gleize sobre si un papa hereje pierde su investidura, debe ser leída a la luz de la primera sección. Los lectores deben prestar particular atención a la forma en que la Fraternidad San Pío X ha abordado este problema, no como un asunto especulativo, sino como una cuestión de juicio prudencial.

El reverendo padre Jean-Michel Gleize ha sido profesor en el Seminario de San Pío X, de la FSSPX, en Econe, Suiza, durante 20 años; actualmente imparte eclesiología. Es autor de numerosos artículos en Courrier de Rome y es asesor de la comisión responsable de las discusiones doctrinales con la Santa Sede.

La cuestión del papa hereje - 1: Introducción al problema
La cuestión del papa hereje - 2: El caso del Papa Juan XXII
La cuestión del papa hereje - 3: ¿Puede un Papa caer en herejía?
La cuestión del papa hereje - 4: Acerca del Papa y la herejía
La cuestión del papa hereje - 5: ¿El papa Francisco es hereje?
La cuestión del papa hereje - 6a: ¿El papa que cae en herejía pierde su investidura en el Primado?

Parte 6b - ¿Un papa que cae en herejía pierde su investidura en el Primado?

Dos enfoques sobre la cuestión de la herejía.
 

Después de lo que se ha dicho en la Parte 6a, podemos plantear la cuestión de la herejía del Papa de dos maneras diferentes. En primer lugar, como un problema meramente especulativo, abstrayéndolo de todas las circunstancias. Posteriormente, nos apegaremos a las razones puramente teológicas, que se supone son válidas en todos los casos, pero sólo probables y siguen siendo insuficientes para proporcionar certezas especulativas, ya que sólo un argumento todavía inexistente de la autoridad magisterial podría dar una respuesta apodíctica.

En segundo lugar, como un problema prudencial, teniendo en cuenta las circunstancias, cuya solución sólo podría aplicarse a un solo caso. Nos atenemos entonces no a lo que es seguro, teológicamente hablando, sino a lo más seguro, dadas las circunstancias. El juicio de Monseñor Marcel Lefebvre y de la Fraternidad San Pío X sobre la crisis de la Iglesia no es un juicio teórico, puramente especulativo (como lo es un juicio matemático); es un juicio práctico y prudencial. Esto explica por qué podría evolucionar y modificarse a causa de nuevas circunstancias. (Por el contrario, el juicio de los sedevacantistas y los eclesiadeistas es un juicio matemático que intenta apegarse a una conclusión única y universal que es verdadera y cierta en todas las circunstancias).

Las opiniones especulativas siguen estando abiertas al debate
 

En cuanto a las opiniones puramente especulativas de los teólogos más antiguos, siguen siendo discutibles, en ese mismo nivel de especulación.

La opinión de Juan de Torquemada (ver parte 6a) es improbable; además se presenta como una objeción y es refutada por Cayetano en su De comparatione, en los capítulos 17, 19 y 22. La herejía cometida en el foro interno de la conciencia no es verificable; si ésta conlleva la pérdida del supremo pontificado, nunca será posible verificarla y la Iglesia nunca tendrá certeza acerca de una posible cesación de la investidura. Tal situación contradice el carácter esencialmente visible de la Iglesia.

La opinión de los teólogos medievales (cf. No. 3), que reconoce que la Iglesia tiene poder para deponer al papa, si es necesario, contradice la constitución divina de la Iglesia: Cayetano reconoce que esta tesis mencionada en una objeción fue (al menos en su época) la opinión común. Pero no se sostiene, porque como el Papa está por encima de la Iglesia por derecho divino, si hubiera un caso excepcional en el que la Iglesia tuviera poder sobre él, este caso debería estar explícitamente previsto y declarado como tal en las fuentes de la revelación. Ahora bien, "cuando consideramos el caso excepcional de la herejía, la ley divina no prevé que el Papa deba estar sujeto a la Iglesia" (véase De comparatione, capítulo 20, § 280). Esta es la razón por la que la explicación expuesta por estos teólogos debe ser rechazada: contradice la enseñanza explícita de la revelación.

La explicación de Cayetano tiene una deficiencia que sin duda es fatal para ella, pues plantea la cuestión, suponiendo que el significado auténtico de Tito 3:10 (y de otros pasajes similares en la Escritura) es el sentido requerido para poder probar la supuesta interpretación. Ahora bien, esta suposición es puramente gratuita. San Pablo dice que es necesario evitar un hereje notorio, ni más ni menos.

Basándose en eso, nada prueba que un Papa notoriamente herético sea despedido de su cargo, porque en ningún lado se estipula que la situación de alguien a quien los fieles deben evitar es incompatible con el título del papado. A pesar del atractivo paradójico de esta aserción a primera vista, sí es posible evitar tener nada que ver con un Papa notoriamente herético, sin considerarlo como destronado del papado.

Monseñor dando un sermón en 1984.

El enfoque prudencial de Lefebvre
 

La prudencia sobrenatural de Monseñor Lefebvre en la situación actual de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II demuestra lo anterior suficientemente. Se puede encontrar un buen resumen de esta actitud en la Declaración de Fidelidad a las posturas de la Fraternidad San Pío X:

Yo, el abajo firmante, reconozco a Francisco como el Papa de la Santa Iglesia Católica. Por eso estoy dispuesto a orar públicamente por él como Supremo Pontífice. Me niego a seguirlo cuando se aparta de la Tradición católica, especialmente en las cuestiones referentes a la libertad religiosa y al ecumenismo, así como en las reformas que son perjudiciales para la Iglesia.

Esta expresión "me niego a seguirlo" corresponde perfectamente a la divisa de San Pablo, y no descarta el "yo reconozco".

La opinión especulativa de Billot contra la de Cayetano
 

Volviendo a la cuestión de las opiniones especulativas, podemos añadir también (para confirmar este primer argumento, que es el argumento principal de la refutación) que la explicación de Cayetano en realidad no evita decir que la Iglesia está por encima del papa. El cardenal Billot lo vio claramente en su Traité de l'Église du Christ, cuestión 14, tesis 29, parte 2, pp. 605-606, núms. 940-941:

Que nadie diga que la deposición no puede entenderse como la revocación directa del papado (ya que este poder es dado directamente por Dios y subordina todo otro poder en la Iglesia a sí mismo), sino más bien como un simple cambio de sujeto, en la medida en que se retiraría del papa la legitimidad que su elección le hubiera adquirido. De hecho... lejos de ser el contrario correspondiente a la elección, este cambio de persona depende de otra orden, pues corresponde a un acto de jurisdicción y al ejercicio de un poder. Esta es la razón por la que la conclusión de la objeción no se desprende: sólo porque la persona del Papa puede ser designada por los hombres, no significa que estos últimos tengan el poder legítimo de despedir a la persona del papa del papado... La Iglesia, o una asamblea eclesiástica, no puede realizar ningún acto sobre la persona del Papa, además de su elección. Y por lo tanto, una vez que la elección ha finalizado canónicamente, la Iglesia no tiene nada más que hacer hasta que tenga lugar una nueva elección, la cual sólo puede ocurrir después de que la Sede quede vacante.

Y, más adelante, Billot observa lo siguiente:

Cayetano se esfuerza demasiado sin lograr demostrar cómo sería posible mantener estos tres principios juntos: un papa que ha caído en la herejía no es, por tanto, depuesto en virtud de la ley divina ni en virtud de la ley humana; un papa que sigue siendo papa no tiene superior en la tierra; si el papa pierde la fe, la Iglesia tiene el poder de deponerle. Se podría responder que, si el Papa que ha caído en la herejía sigue siendo papa y puede ser depuesto por la Iglesia, una u otra de estas dos consecuencias necesariamente debe ser admitida: o el hecho de deponer al papa no requiere que quien lo hace tenga poder sobre él, o bien el papa mientras sigue siendo papa está realmente sujeto en la tierra a un poder superior, al menos en una situación particular. Además, tan pronto como abrimos la puerta a la deposición, ya no hay razón alguna para restringir la cuestión (por la misma naturaleza de las cosas o por virtud de una ley positiva) a la deposición únicamente en el caso de la herejía, pues ya hemos destruido los principios que hacen imposible la deposición en general, y nada queda sino una regla voluntarista, acompañada de un caso excepcional arbitrariamente definido.

Las deficiencias en la explicación de Suárez
 

La explicación de Suárez (véase la Parte 6a) es original. De hecho, no puede compararse ni con la de Cayetano ni con la de San Roberto Belarmino. Para Cayetano, sólo la Iglesia provoca el destronamiento del papa; para San Roberto Belarmino, sólo es Cristo. Para Suárez es Cristo y la Iglesia al mismo tiempo. Debemos señalar de pasada que esta manera de ver el problema es característica de su eclecticismo. Suárez tiene mucha erudición pero poco ingenio. No sintetiza. Siempre tiene problemas para decidir entre las autoridades que se oponen, y su tendencia es reconciliarlas es una especie de solución intermedia.

Al actuar de esta manera, debilita los principios: esto, por cierto, es la principal razón por la que el Padre Reginald Garrigou-Lagrange desaprueba a Suárez. Por ejemplo, en De Christo salvatore, pp. 108-109, p. Garrigou-Lagrant escribe:

En esta cuestión, Suárez, como suele ser el caso de su eclecticismo, refuta a Escoto apoyándose en Santo Tomás, y a Santo Tomás apoyándose en Escoto. Pero esta posición intermedia es muy difícil de mantener, y no es nada fácil mantener su equilibrio o estabilidad, y por eso no es raro que Suárez, al exponer sus tesis, vacile u oscile entre Santo Tomás y Escoto sin encontrar una posición firme.

(Para más información sobre este tema, véase el libro de Michel Villey, La Formación del Pensamiento Jurídico Moderno (Presses Universitaires de France, 2003), pp. 351-353).

Es importante recordar que Suárez es un hombre de su tiempo, y las profundas tendencias que expresa ya anuncian el positivismo moderno. Para Cayetano, la Iglesia depone al Papa sin por ello ejercer un poder superior al papado. Cristo no interviene; basta con que la Iglesia anule la condición final, la cual es insuficiente pero necesaria para que la investidura pueda producir sus frutos. Todo sucede al nivel de la disposición anterior.

Para San Roberto Belarmino, Cristo niega la investidura formal al hereje en tanto que es un hereje formal: la Iglesia no tiene ningún papel aquí. Para Suárez, la Iglesia prepara, por así decirlo, el camino a Cristo, para que Él pueda destituir a su vicario. Se puede hacer la misma crítica de esta explicación que la de Cayetano. Suárez supone que el pasaje de San Pablo a Tito justifica su tesis. Ahora hemos visto que eso no es en absoluto el caso.

En cuanto al pasaje de la Primera Epístola de San Clemente de Roma, sobre el cual tanto Cayetano como Suárez se apoyan, el texto no puede encontrarse en las ediciones de las obras auténticas de San Clemente: es probablemente apócrifo.

La opinión de san Roberto Belarmino era sin duda común hasta la época del Concilio Vaticano II, pero la situación que ha surgido desde entonces modifica los detalles del problema. Esta opinión es, por lo tanto, un acercamiento probable a una solución en un cierto contexto, pero no podría ser aplicada a todos. Como hemos explicado anteriormente, esta manera de resolver el problema teórico no es un principio universal con el que se pueda responder al mismo en la práctica.