La vigilia de Navidad

Diciembre 24, 2020
Origen: fsspx.news
San Pedro Damián

San Pedro Damián (1007-1072), monje camaldulense, que llegó a ser obispo y luego cardenal, en una época de graves disturbios en la Iglesia, fue una valiosa ayuda para los papas comprometidos con la llamada reforma "gregoriana", nombrada así en honor a San Gregorio VII . Luchó enérgicamente contra la simonía y el nicolaísmo que marcaron su época. A continuación, incluimos un extracto de uno de sus sermones para la vigilia de Navidad.

Por fin, dice San Pedro Damiano en su sermón para este día, henos ya llegados de la alta mar al puerto, de la promesa a la realidad, de la desesperación a la confianza, del trabajo al descanso, del destierro a la patria. Se habían venido sucediendo los mensajeros de la divina promesa, pero solo traían consigo la renovación de esa misma promesa.

Por esta razón el Salmista se había ya dejado dominar del sueño, de suerte que los últimos acentos de su lira patentizan la tardanza del Señor. "Nos has rechazado, decía, nos has abandonado; y has aplazado la venida de tu Ungido" (Salmo 88.) Después, pasando de la queja a la audacia, había exclamado con voz imperiosa: "¡Manifiéstate, pues, Tú, que te sientas sobre los Querubines!" (Salmo 79).

Sentado sobre el trono de tu poderío, rodeado de batallones de Angeles voladores, ¿desdeñarás posar tu mirada sobre los hijos de los hombres, víctimas, es cierto del pecado cometido por Adán, pero por Ti permitido? Acuérdate de nuestra naturaleza creada a tu semejanza; porque es cierto que todo mortal es vanidad, pero no en cuanto es tu imagen.

"Deja, pues, las alturas y baja; inclina los cielos de tu piedad sobre los desgraciados que te suplican y no los olvides eternamente". Isaías a su vez, en el ímpetu de sus deseos, exclamaba: "Por Sión no me callaré, y por Jerusalén, no descansaré hasta que se levante en su esplendor el Justo esperado. Rasga, pues, los cielos y baja".

Finalmente, todos los Profetas, cansados de tanto esperar, continuaron lanzando sus súplicas, gemidos, y hasta a veces, sus gritos de impaciencia. Ya hemos oído y repetido bastante tiempo sus palabras; es hora de que se retiren; para nosotros no hay alegría ni consuelo hasta que el Salvador, honrándonos con el beso de su boca, nos diga Él mismo en persona: "Habéis sido escuchados".

Mas ¿qué es lo que acabamos de oír? "Santifícaos, oh hijos de Israel, y estad preparados; porque mañana descenderá el Señor". Solo lo que queda de este día, y apenas media noche, nos separan ya de la gloriosa visita, y nos ocultan todavía al Hijo de Dios y su admirable Nacimiento. Daos prisa, horas veloces; terminad pronto vuestra carrera, para que podamos ver cuanto antes al Hijo de Dios en la cuna, y honrar esa Natividad, que es la salvación del mundo.

Yo supongo, hermanos míos, que sois verdaderos hijos de Israel, y estáis purificados de todas las impurezas de la carne y del espíritu, bien preparados para los misterios de mañana, impacientes por dar muestras de vuestra devoción. Al menos así lo puedo esperar, dado como habéis pasado los días dedicados a la preparación del Advenimiento del Hijo de Dios.

Pero si, a pesar de todo, hubiesen caído en vuestro corazón algunas gotas del vaho de la corrupción, apresuráos hoy a secarlas y cubrirlas con el blanco lienzo de la confesión. Yo os lo garantizo de la bondad del Niño que va a nacer; quien confesare contrito su pecado, merecerá que la Luz del mundo nazca en él; se desvanecerán las falaces tinieblas y le será comunicado el verdadero esplendor. Porque ¿cómo se había de negar misericordia a los desgraciados, la noche en que nace el Señor misericordioso?

Abatid, pues, el orgullo de vuestras miradas, la osadía de vuestra lengua, la crueldad de vuestras manos, la sensualidad de vuestros deseos; apartad vuestros pies de la veredas tortuosas, y luego venid y ved si el Señor no rasga esta noche los Cielos y desciende hasta vosotros y arroja todos vuestros pecados al fondo del mar.