Las apariciones del Niño Jesús y la Virgen María en Pontevedra en 1925

Junio 23, 2020
Origen: Distrito de México

Pontevedra

Las Apariciones y el Mensaje1 10 de diciembre de 1925:

La Aparición del Niño Jesús y de Nuestra Señora

Temprano en la noche del jueves, 10 de diciembre, después de cenar, la joven postulanta Lucía, quien tenía apenas 18 años, regresó a su celda. Allí ella recibió la visita de Nuestra Señora y del Niño Jesús. Escuchemos su narración: (escrita en tercera persona).

“El 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen se le apareció a ella, y a Su lado, elevado en una nube luminosa, estaba el Niño Jesús. La Santísima Virgen puso Su mano en el hombro de Lucía, y mientras lo hacía, le mostró un Corazón rodeado de espinas que Ella tenía en la otra mano.

Al mismo tiempo, el Niño le dijo: “Ten compasión del Corazón de Tu Santísima Madre que está rodeado con las espinas que los hombres ingratos constantemente le clavan sin haber quien haga un acto de reparación para quitárselas.” Luego la Santísima Virgen le dijo: “Mira, hija Mía, a Mi Corazón rodeado de espinas que los hombres ingratos a cada momento me clavan con blasfemias e ingratitudes. Tú al menos, consuélame y di que a todos aquellos que, durante cinco meses consecutivos, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y Me acompañen 15 minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles a la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación.”

¡Qué escena tan conmovedora, y a la vez tan sencilla, descrita con la sobriedad del mismo Evangelio! ¡Qué diálogo tan encantador, en el que el Niño Jesús y Su Madre toman turnos para hablar — Él para implorar por la causa de Ella, ¡mientras Ella hace sus peticiones... para conducirnos a Él!

Como siempre, la vidente se empequeñece a sí misma aquí, y no nos dice ni una palabra sobre sus propios sentimientos. ¿No es ésta la señal más inequívoca de autenticidad, que da a su relato plena frescura? Ella está allí para ver, para escuchar, para contar lo que sucedió, y nada más.

¡Pero, qué intimidad entre la Santísima Virgen y Su mensajera! Como Santa Catalina Labouré, ella recibió ese día el privilegio de ser tocada por Nuestra Señora en un gesto solemne y afectuoso, tal como cuando una madre quiere dar a un hijo una misión confidencial. La Santísima Virgen puso Su mano sobre el hombro de Lucía, permitiéndole contemplar el dolorosísimo Corazón de Nuestra Señora, y darlo a conocer a otros.

Por último, ¡el tono es el mismo como en las palabras de la gran promesa! Es el mismo de las apariciones de 1917. ¡Qué brevedad en las palabras de la gran promesa! Son tan concisas como las del Secreto del 13 de julio, en el que ni una palabra puede suprimirse sin alterar seriamente la secuencia de pensamiento. Ésta también es una muestra irrefutable de autenticidad.

La transmisión del Mensaje

¿De qué manera dio a conocer Lucía los pedidos del Cielo? Sabemos que ella en seguida le contó todo a su superiora, la Madre Magalhães, quien llegó a convencerse plenamente de la causa de Fátima y ahora tiene un respeto sincero por la vidente. Ella misma estuvo lista a obedecer los pedidos del Cielo. Lucía también le informó al confesor de la casa, Don Lino García: “Este último, (recuerda) me ordenó escribir todo lo relacionado (a esta revelación) y guardar estos escritos, que tal vez pudieran necesitarse”. Pero él continuó esperando.

Lucía escribió un recuento detallado del acontecimiento para su confesor, Monseñor Pereira Lopes, del Asilo de Vilar. Desafortunadamente, esta carta se perdió y sólo sabemos de su existencia porque se hace referencia a ella en una carta posterior. El 29 de diciembre, la Madre Magalhães le informó al Obispo da Silva de lo que había sucedido, pero ella no fue muy precisa.

Por ese tiempo, Lucía por fin recibió respuesta de Monseñor Pereira Lopes. Expresó ciertas reservas, hizo preguntas y le aconsejó esperar. Unos días después, el 15 de febrero, Lucía le contestó, haciéndole una narración detallada de los acontecimientos. Afortunadamente, esta carta importantísima ha sido preservada para nosotros. Vamos a seguir paso a paso este precioso texto, adicionando nuestros propios subtítulos y comentarios.

Una espera dolorosa

“Reverendísimo Padre: Quiero con todo el respeto agradecerle su amable carta.

Cuando la recibí y vi que todavía no podía atender los deseos de Nuestra Señora me quedé triste. Pero pensé que los deseos de Ella son que yo obedezca a lo que Ud. determine. Quedé tranquila y al día siguiente, cuando recibí a Jesús en la Comunión, Le leí su carta y Le dije: 

‘Jesús mío, con Tu gracia, la oración, la mortificación y la confianza haré todo cuanto la obediencia me permita y Tú me inspires; lo demás hazlo Tu.’

 Y así me quedé hasta el 15 de febrero. Esos días fueron de continua mortificación interior. Pensaba si habría sido un sueño, pero sabía que no; ¡estaba segura de que era una realidad! ¿Pero habiendo correspondido tan mal a las gracias recibidas, cómo Nuestro Señor se dignaba aparecérseme otra vez?

Se acercaba el día de confesarme y no tenía permiso para decir nada. Se lo diría a la Madre Superiora, pero durante el día mis ocupaciones no me lo permitían, y por la noche estaba con dolor de cabeza. Yo, temiendo faltar a la caridad, pensaba: lo dejo para mañana. ¡Madre mía querida, Te ofrezco este sacrificio! Y así pasaron los días uno tras otro hasta hoy.

El día 15 estaba yo muy ocupada con mi trabajo y casi ni me acordaba de ello (de la aparición del pasado 10 de diciembre). Fui a echar un recipiente de basura fuera del jardín.”

La historia de un preludio encantador (noviembre o diciembre de 1925)

“En el mismo lugar, donde ya algunos meses antes, había encontrado un niño con el que tuve esta conversación: Le pregunté si sabía el Ave María y respondiéndome que sí, le pedí que la dijera para oírle. Como no se decidía a decirlo solo, le acompañé por tres veces. Al final, otra vez, insistí para que lo dijera solo. Como permaneció callado, me pareció que era incapaz de hacerlo solo. Entonces le pregunté si sabía cuál era la iglesia de Santa María. Me respondió que sí y quedamos en que iría allí todos los días y diría: ‘Oh mi Madre del Cielo, dame a Tu Niño Jesús’. Le enseñé esto y me fui.”

Aquí, en razón de los acontecimientos, Lucía se ve obligada a hablar de sí misma un poco, y sus pocas confidencias nos revelan algo de su alma maravillosa. Cerca de la puerta del jardín, ella encuentra a un niño. En seguida se le ocurre hablarle sobre la Virgen María; para enseñarle a orar. Luego le pide recitar el Ave María... por la alegría de oírlo. Como él no lo dice solo, ella lo recita con él tres veces, de acuerdo con la práctica antigua de los tres Ave Marías en honor de Nuestra Señora.

Como el niño parecía que no quería recitar el Ave María solo, nuestra catequista, quien no quería perder esta oportunidad para cumplir su misión de hacer conocer y amar a Nuestra Señora, sugirió otra idea: le invitó a visitar la iglesia de Santa María todos los días. De hecho, la Basílica de Santa María la Mayor está bastante cerca de la casa de las Hermanas Doroteas. ¿Fue este acontecimiento un poco antes o después de la aparición del Niño Jesús, el 10 de diciembre? No lo sabemos. En todo caso, la pequeña postulanta le enseñó al niño esta linda y breve oración, que seguramente era suya también, su oración más frecuente y ferviente del Adviento de 1925. “Oh mi Madre del Cielo, dame a Tu Niño Jesús”. Y ella se fue.

15 de febrero de 1926: Una nueva aparición del Niño Jesús

El emotivo relato de Lucía, que estamos citando extensamente, continúa:

“El 15 de febrero volviendo como de costumbre (a vaciar un recipiente de basura fuera del jardín), encontré también un niño que me parecía era el mismo de la vez anterior y le pregunté: ‘¿Pediste a la Madre del Cielo que te diera el Niño Jesús?’ El niño se volvió hacia mí y me dijo: ‘Y tú ¿revelaste por el mundo aquello que la Madre del Cielo te pedía?’ Y al decir esto, se transformó en un Niño resplandeciente.

“Luego, reconociendo que era Jesús, Le dije:

‘Jesús mío, Tú bien sabes lo que mi confesor me dice en la carta que Te leí. Decía que era necesario que se repitiese aquella visión, que hubiera manifestaciones que ayuden a creerla, y que la Madre superiora sola, dando a conocer este deseo, nada podrá’.

‘Es verdad que la Madre Superiora sola no puede hacer nada, pero con Mi gracia, puede hacer todo. Y basta que tu confesor te lo permita, y que tu Superiora lo diga para que se crea, aún sin saber a quién fue revelado’.

Pero mi confesor decía en la carta que esta devoción no hacía falta en el mundo, porque ya había muchas almas que comulgan los primeros sábados del mes en honor de Nuestra Señora y de los quince misterios del Rosario’.

‘Es verdad, hija Mía, que muchas almas los comienzan, pero pocas los acaban, y las que los terminan, es con el fin de recibir las gracias en ellos prometidas; y Me agradan más las que hicieran los cinco con fervor y con objeto de desagraviar el Corazón de tu Madre del Cielo que las que hicieran los quince, tibias e indiferentes’.

 ‘Jesús mío, muchas almas tienen dificultad de confesarse el sábado. Si Tú permitieras que la confesión en el espacio de ocho días fuese valida...’

‘Sí, puede ser, y hasta de más días, con tal de que estén en estado de gracia el primer sábado cuando comulgan y que tengan la intención de hacer reparación al Corazón Inmaculado de María’.

‘Jesús mío, ¿Y los que se olviden de poner esta intención?’

‘Pueden ponerla en la confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tengan para confesarse’.

“Después de eso desapareció, sin que haya sabido nada más hasta hoy, de los deseos del Cielo.”