Monseñor Lefebvre en Fátima

Mayo 14, 2020
Origen: fsspx.news

El 22 de agosto de 1987, Monseñor Lefebvre, acompañado de un gran número de sacerdotes y de 2,000 fieles, visitó en peregrinación la ciudad de Fátima. Durante la misa solemne, Monseñor consagró Rusia al Inmaculado Corazón de María y pronunció esta magnífica homilía, reflejo de su devoción mariana y de su confianza en Aquella que es victoriosa sobre todas las herejías.

Demos gracias al Buen Dios y a la Santísima Virgen María por habernos permitido reunirnos hoy, en esta fiesta de su Inmaculado Corazón, para cantar sus alabanzas, y tratar, por unos momentos, por unos días, vivir por nuestra fe. Porque si la Virgen María quiso venir a esta tierra de Portugal, a Fátima, si quiso aparecerse a estos niños y darles un mensaje para el mundo, es porque quiere que nuestras almas se eleven al cielo.

¿Por qué estas apariciones de la Santísima Virgen María en Fátima?

Entonces tratemos, mis muy queridos hermanos, de situarnos en ese contexto de esos pequeños pastores, y también de las personas que los acompañaron el día 13 de cada mes en el año de 1917, hasta octubre cuando tuvo lugar ese extraordinario milagro. Se dice que, aquí mismo, ese milagro se observó a cuarenta kilómetros alrededor de Fátima, por lo tanto, si hubiéramos estado presentes aquel 13 de octubre de 1917, habríamos visto ese fenómeno extraordinario del sol dando vueltas, lanzando luces de todos los colores, inundando la región con sus magníficos colores.

¡Y esto sucedió tres veces seguidas durante diez minutos! Finalmente, el sol descendió, como bajando del cielo, para acercarse a los fieles que estaban presentes, y manifestar así la verdad de la aparición de la Santísima Virgen María a estos hijos de Fátima. Repito, ¿por qué esta aparición de la Virgen María? Para que nuestras almas se salven, para que un día nuestras almas se unan a Ella en el cielo. En algunas visiones extraordinarias, la Virgen manifestó a los niños de Fátima toda la realidad de nuestra fe. Los niños la admiraron de tal manera que estaban como en éxtasis, maravillados, absortos, sin saber cómo expresar la belleza de la Santísima Virgen María. No importa cuántas veces trataron de proponerles comparaciones, no se podía hacer ninguna comparación con la belleza de la Virgen María que habían visto.

Además, no fue solo la Virgen María quien se apareció. Ella quiso mostrarles algo del cielo: San José, cargando a Nuestro Señor en sus brazos y bendiciendo al mundo. También quiso presentarse bajo la imagen de Nuestra Señora del Monte Carmelo y de Nuestra Señora de los Dolores. En general, se presentó como Nuestra Señora del Rosario. Esto fue porque quería inculcar en los niños la necesidad del Rosario, la necesidad de sufrir con Nuestro Señor Jesucristo, con Nuestra Señora de los Dolores. Así es como quiso expresar sus sentimientos internos para comunicarlos a esos niños, y ellos, a su vez, comunicar estos sentimientos a todos aquellos que tuvieran la oportunidad de escuchar su mensaje. Finalmente, también el arcángel San Miguel se presentó ante ellos.

Nuestra Señora también les habló de las almas del purgatorio. Cuando Lucía le preguntaba dónde estaba cierta alma, dónde se encontraba cierta persona que había muerto: ¿está en el cielo, en el purgatorio? La Virgen le respondía: "No, esa alma aún no está en el cielo, está en el purgatorio". También quiso mostrarles la realidad del infierno. Fue así que, aquí mismo, en estas regiones, la Santísima Virgen quiso mostrar lo que es el infierno a esos niños horrorizados, para animarlos a hacer penitencia, para alentarlos a rezar por la salvación de las almas, demostrando así que el Inmaculado Corazón de María está completamente orientado a la gloria de su divino Hijo y la salvación de las almas. Salvar a las almas, llevarlas al cielo. En cierto modo, lo que estos niños vieron en esas imágenes, por gracia de la Santísima Virgen María, fue todo nuestro catecismo.

Lo que sucedió en 1917 sigue siendo cierto hoy

Tratemos, entonces, de situarnos hoy, nosotros también, en ese contexto, porque lo que sucedió en 1917 sigue siendo cierto hoy, y quizás aún más que entonces, debido a que la situación en el mundo es todavía peor que en 1917. La fe está desapareciendo, el ateísmo está progresando en todas partes, como la Santísima Virgen lo anunció, porque aunque quiso mostrar una visión del cielo, también habló sobre la tierra, y dijo a esos niños: "Hay que rezar y hacer penitencia para detener los efectos nefastos de este terrible error que es el comunismo, que dominará al mundo si no se reza y hace penitencia, y si no se cumple mi petición", la petición era difundir los secretos que la Santísima Virgen María le había dado a Lucía.

Por desgracia, nos vemos obligados a observar que estos secretos no han sido revelados, no han sido difundidos, mientras que el error del comunismo se extiende por todos lados. Esforcémonos, entonces, mis muy queridos hermanos, por situarnos en ese contexto, en esas mismas disposiciones para compartir las convicciones de esos niños, para unirnos al Corazón de María, para que nuestro corazón arda en los deseos que embargaban su Corazón, y que siguen estando presentes hoy: los deseos del reinado de su Hijo. ¿Qué más puede querer Ella que ver reinar a su divino Hijo sobre el mundo entero, en las almas, las familias, las sociedades, como reina ya en el cielo? Este es su deseo, y por esto ha venido a la tierra, para pedirnos, a cada uno de nosotros, que Jesús reine sobre nosotros. Ella lo quiere, lo desea, y ha venido a darnos los medios.

El primer medio es la oración: "Hay que rezar", la Santísima Virgen no dejaba de repetir esto cada vez que Lucía le preguntaba: "Señora, ¿qué quieres de mí, que quieres que haga?" ¡Hermosa pregunta!, como la de San Pablo a Nuestro Señor en el camino de Damasco: "¿Qué quieres que haga?" No puede haber mejores disposiciones. ¿Es esta también nuestra disposición? "Oh María, ¿qué quieres que hagamos?" Y entonces Ella responde: "Recen, tomen su rosario, recen cada día su rosario, para santificarse y para salvar las almas de los pecadores". Lo repitió en cada una de sus apariciones. También los animó a recibir la santa comunión; incluso permitió que el Ángel les diera la comunión a los niños. María no puede querer otra cosa que darnos a su Hijo, poner a Jesús en nuestros corazones.

Y ¿por qué tantos secretos? La Santísima Virgen, en su amor y condescendencia por nosotros, que somos pobres pecadores, quiso advertirnos, quiso anunciarnos los acontecimientos futuros, para preservar nuestra fe y la gracia en nuestras almas. Por eso vino, por eso nos entregó estos secretos. Si la Santísima Virgen María pidió a Lucía que el tercer secreto se difundiera a partir de 1960, y que fuera dado a conocer por el Papa, no fue sin motivos, sino porque Ella sabía que después de 1960 la historia de la Santa Iglesia atravesaría acontecimientos gravísimos, y quiso advertir a las autoridades de la Iglesia, para evitar estas desgracias, que la fe y las almas se perdieran. Ahora nosotros estamos prevenidos, sabemos que a partir de 1960 la Iglesia empezó a atravesar acontecimientos graves, especialmente en sus autoridades. Desgraciadamente, es posible que ellas no hayan querido difundir el secreto por pensar que no era oportuna su difusión. ¡Qué gran misterio, mis queridos hermanos! Así pues, la Santísima Virgen María quiere que nosotros tengamos en nuestras almas disposiciones celestiales, de amar a Dios, de rezar, de unirnos a Nuestro Señor en la sagrada Eucaristía, de sacrificarnos por los pecadores de este mundo. Pidamos hoy estas gracias.

La gracia de conservar la fe

Ustedes, que han venido de todos los rincones del mundo, y están reunidos aquí ante Nuestra Señora de Fátima, tengan en sus corazones las mismas disposiciones que estos pastorcitos que recibieron a la Santísima Virgen María, y que la vieron. Pidan a la Santísima Virgen María que desvele este Secreto, y que venga en nuestro socorro. ¡Qué gran misterio es Roma y la situación actual del papado! (...) Para nosotros, que queremos conservar celosamente toda la fe, por nada en el mundo quisiéramos quitar ni un ápice, ni la parte más diminuta de nuestra fe. Queremos mantenerla intacta, absolutamente intacta. Y es porque queremos mantener esta unidad de la fe que quienes la están perdiendo nos persiguen. Esta es la situación actual real en la que nos encontramos, una situación misteriosa, probablemente anunciada por Nuestra Señora de Fátima, tal vez en su tercer secreto: aquellos que deseen seguir siendo católicos, serán perseguidos por los que, teniendo autoridad en la Iglesia, se apartan de la fe; se desvían de la fe, y quisieran arrastrarnos con ellos; y porque los desobedecemos al no querer perder la fe como ellos, nos persiguen. Pero Nuestro Señor lo dijo, Él predijo que habría malos pastores y que no deberíamos seguir a los malos pastores, sino a los buenos pastores. Este es el misterio que estamos experimentando hoy.

Pidamos, pues, a la Santísima Virgen que nos desvele este misterio. Para nosotros, y para todos los que viven en esta época, es un verdadero martirio moral, quizás peor que el de sangre, comprobar que los que debieran predicar y defender la fe católica en pro de la unidad de la Iglesia, la abandonan y buscan estar acordes con el mundo, con los principios modernos de esta sociedad que está dirigida más por el demonio que por Dios. Tomemos la resolución, aquí, ante la Santísima Virgen María, de guardar la fe, y pidámosle la gracia de mantenernos católicos hasta el fin de nuestros días, de tener la perseverancia final en la fe católica.

¿Por qué derramaron su sangre todos los mártires? Para guardar la fe. Tenemos que ser mártires, si no de sangre, sí en nuestras almas, en nuestros corazones. Tenemos que ser mártires, y herederos de los que han derramado su sangre para no renegar de su fe. Eso es lo que debemos prometer a la Santísima Virgen María, y lo que debemos tratar de hacer comprender a todos los que nos rodean, para que no pierdan la fe, porque, si la pierden, pierden sus almas (...) Pidamos también la renovación de la Santa Iglesia Católica. Que vuelva a recobrar su esplendor, su unidad en la fe, y vuelva a suscitar, como antes, millares y millares de vocaciones religiosas. 

Monseñor Marcel Lefebvre

Fátima, 22 de agosto de 1987