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Monseñor Marcel Lefebvre y la audiencia de 1976 con el Papa Pablo VI

Julio 13, 2018

Con la publicación del libro de Monseñor Sapienza, el 16 de mayo de 2018, tenemos ahora dos fuentes que reproducen el famoso encuentro entre el Papa Pablo VI y Monseñor Marcel Lefebvre el 11 de septiembre de 1976, en Castel Gandolfo

La primera fuente en narrar el evento fue el mismo Monseñor Lefebvre, quien inmediatamente contó la historia a sus seminaristas en Ecône en dos conferencias registradas los días 12 y 18 de septiembre de 1976. Éstas fueron la base para el relato proporcionado por su biógrafo autorizado, Monseñor Tissier de Mallerais.

La segunda fuente, que hasta el momento se había mantenido en secreto, es la transcripción del encuentro, redactado por el Papa "lo más fielmente posible". Las palabras de la audiencia fueron puestas por escrito por el Cardenal Benelli, sustituto del Secretario de Estado, y llenan ocho páginas escritas a máquina.

Aunque las dos conferencias de Monseñor Lefebvre fueron una reacción inmediata al encuentro y estaban destinadas a sus seminaristas, no tenían la intención de proporcionar todos los detalles de cada minuto de la audiencia.

La versión textual elaborada por el Cardenal Benello es una transcripción objetiva de la audiencia privada, destinada, en primer lugar, al Papa y a sus colaboradores. El autor documentó escrupulosamente el inicio de la conversación (10:27) y su final (11:05).

La acusación introductoria de Pablo VI

El inicio del encuentro, tal y como es reportado por ambas fuentes, fue una verdadera acusación contra el Fundador de la Fraternidad: "una tormenta", es lo que diría posteriormente Monseñor a sus seminaristas, resumiendo los reproches de Pablo VI hacia su persona: "Usted me condena; soy un modernista, un protestante. ¡Es intolerable! Usted está actuando erróneamente."

La transcripción textual del Cardenal Benelli revela lo fuertes que fueron estas acusaciones: "Yo espero encontrar frente a mí un hermano, un hijo, un amigo", declaró Pablo VI. "Desgraciadamente", continuó, "la posición que usted siempre ha tomado es la de un antipapa... Va más allá de todo límite en sus palabras, acciones y actitud general." Lo que está en riesgo aquí, continuó el Santo Padre:

...no es la persona, es el Papa, y usted ha juzgado al Papa como infiel a la fe, de la cual es el supremo garante. Tal vez sea la primera vez en la historia que esto sucede. Usted le ha dicho al mundo entero que el Papa no tiene fe, que no cree, que es un modernista, y demás cosas por el estilo. Desde luego, debo mantener una actitud humilde. Pero usted, usted se ha puesto a sí mismo en una situación terrible. Usted ha realizado acciones extremadamente graves frente al mundo entero.

La Respuesta de Monseñor Lefebvre: Un Obispo Destrozado por la Situación en la Iglesia

Monseñor Lefebvre respondió admitiendo que, si bien algunas de sus palabras y escritos pudieron haber sido inadecuados, su intención jamás fue atacar la persona del Papa, sino que el problema real radicaba en otra parte: en lo que había estado sucediendo en la Iglesia desde el Concilio. "La situación es tal que no sabemos qué hacer. Con todos estos cambios, corremos el riesgo de perder la fe o de dar la impresión de que estamos desobedeciendo." El prelado añadió: "Quisiera poder hincarme y aceptarlo todo, pero no puedo ir contra mi conciencia."

El obispo francés explicó su posición:

No he sido yo quien creó este movimiento, sino los fieles que están destrozados y no aceptan algunas situaciones. Yo no soy el "líder de los tradicionalistas". Sólo soy un obispo que, destrozado por los hechos actuales, ha tratado de formar sacerdotes del mismo modo que se hacía antes del Concilio. Me comporto exactamente igual a como lo hacía antes del Concilio. Por tanto, no puedo entender por qué se me condena de pronto cuando lo único que hago es formar sacerdotes en obediencia a la sana Tradición de la Santa Iglesia.

El Papa le pidió que continuara, por lo que Monseñor Lefebvre pudo seguir explicando su posición:

Un gran número de sacerdotes y de fieles creen que es difícil aceptar las tendencias que iniciaron después del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la liturgia; la libertad religiosa; la formación de los sacerdotes; las relaciones entre la Iglesia y los gobiernos católicos; las relaciones de la Iglesia con los protestantes. No entienden cómo es que todas estas cosas que se promueven actualmente pueden estar en consonancia con la sana Tradición de la Iglesia. Insisto, no soy el único que piensa así. Se han formado grupos que me ruegan no abandonarlos...

Sin importar las disputas y calumnias, en ocasiones exacerbadas por los medios de comunicación, Monseñor Lefebvre siempre regresaba a la dolorosa situación en la que se encontraba, es decir, las consecuencias de las reformas emprendidas en nombre del Concilio Vaticano II. Y eran estas mismas reformas las que el Papa Pablo VI le ordenaba aceptar, como lo comentó a sus cardenales cuatro meses antes. Ese era el fondo de la cuestión.

Detrás de estas reformas, lo que estaba en peligro era la fe. El informe de la audiencia del 11 de septiembre lo menciona explícitamente: "No sé qué hacer", expresaba, angustiado, el ex arzobispo de Tulle:

Quiero formar sacerdotes según la fe y en la fe. Sufro terriblemente al ver los otros seminarios, donde ocurren situaciones inimaginables. Los religiosos que se mantienen fieles a sus hábitos son condenados y despreciados por sus obispos, mientras que aquellos que viven una vida secular y se comportan como las personas del mundo, son aceptados.

Un Diálogo en Oídos Sordos

El Papa respondió argumentando que se encontraba trabajando arduamente para eliminar "ciertos abusos que no están en concordancia con el actual Derecho Canónico en vigor, es decir, el del Concilio y de la Tradición." Le reprochó a Monseñor Lefebvre el hecho de no esforzarse por ver y comprender que las palabras y acciones del Papa "garantizan la fidelidad de la Iglesia al pasado, mientras que, al mismo tiempo, responden a las necesidades presentes y futuras." El Santo Padre continuó:

Nosotros somos los primeros en lamentar estes excesos. Somos, en primer lugar, los más decididos a resolverlos. Pero el remedio no radica en desafiar a la autoridad de la Iglesia. Le he escrito en varias ocasiones, pero usted ha hecho caso omiso.

Monseñor Lefebvre intentó aprovechar esta acusación del Papa para ilustrar la dificultad concreta que había motivado su acción desafiante y su lucha por mantener la fe, abordando el tema de la libertad religiosa, la novedad más importante introducida por el Concilio Vaticano II: "Lo que leemos en el documento conciliar va en contra de todo lo que sus predecesores han dicho."

Pero Pablo VI no quiso adentrarse en los detalles. Respondió diciendo que este tema no podía ser tratado en una audiencia; sin embargo, tomó nota de la perplejidad de su interlocutor, añadiendo: "Lo que me preocupa no es la perplejidad, sino su actitud hacia el Concilio."

Una vez más, el Papa se negó a escuchar sobre el problema doctrinal que involucraba la fe y su profesión pública en la sociedad. Prefirió enfocarse en lo que él consideraba una actitud rebelde y desobediente por parte de Monseñor Lefebvre, quien, después de todo, estaba desobedeciendo un Concilio ecuménico "que tiene la misma autoridad, y, en algunos aspectos, es incluso más importante que el Concilio de Nicea," como lo había escrito Pablo VI en una carta dirigida a Monseñor Lefebvre, con fecha del 29 de junio de 1975

El siguiente diálogo es sumamente esclarecedor: 

Monseñor Lefebvre: "No estoy en contra del Concilio, sino en contra de algunas de sus actas."

Papa Pablo VI: "Si no está en contra del Concilio, entonces debe adherirse a él, a todos sus documentos."

Monseñor Lefebvre: "Entonces tendríamos que elegir entre lo que dice el Concilio y lo que han dicho sus predecesores."

Papa Pablo VI: "Como dije antes, he tomado nota de su perplejidad."

Era evidente que no había forma de llegar a un acuerdo, y se trataba verdaderamente de un diálogo entre sordos; por un lado, un prelado tratando de explicar los graves motivos que lo impulsaban a actuar, y por el otro, el Santo Padre reprochándole este comportamiento sin querer adentrarse en una discusión profunda. Sin duda, ésta fue la razón por la que Monseñor Lefebvre decidió abordar las cuestiones prácticas.

Una Solicitud y una Oferta

El obispo de Ecône buscó una puerta trasera, para conseguir, al menos, un beneficio de su audiencia con el Vicario de Cristo para los católicos tradicionales destrozados por la situación en la Iglesia:

Quiero pedirle algo. ¿No sería posible ordenar obispos y concederles una capilla en las iglesias donde las personas puedan acudir a rezar como lo hacían antes del Concilio? Hoy todo está permitido; ¿por qué no pemitirnos también algo a nosotros?

Pablo VI se mostró rígido: "Somos una comunidad. No podemos permitir independencias en el comportamiento de los distintos componentes de la comunidad."

Monseñor Lefebvre insistió, empleando un argumento ad hominem:

El Concilio admite el pluralismo. Lo que pedimos es que se nos aplique el mismo principio a nosotros. Si Su Santidad hiciera esto, todo se resolvería. Habría un aumento en las vocaciones. Los aspirantes al sacerdocio desean ser formados según la verdadera piedad. Su Santidad tiene en sus manos la solución al problema que preocupa a tantos católicos actualmente. En cuanto a mí, estoy listo a hacer lo que sea por el bien de la Iglesia. Uno de los miembros de la Sagrada Congregación para los Religiosos puede vigilar mi seminario; ya no daré más conferencias; permaneceré en mi seminario; le prometo que no volveré a salir de él; se podría llegar a un acuerdo con los distintos obispos para colocar a los seminaristas al servicio de sus respectivas diócesis; si usted lo desea, se podría designar un Comité para el Seminario, con la aprobación de Monseñor Adam.

La conclusión del obispo resumió sus observaciones: "En lo personal, estoy listo para someterme, pero tenemos que encontrar una solución que satisfaga la autoridad del Papa, a los obispos, y también a los fieles que están sufriendo."

Era evidente que Monseñor Lefebvre estaba listo para obedecer. Llegó muy lejos en su intento por resolver las dificultades, mostrándose listo para hacerse un lado, en caso de ser necesario, para que la Tradición pudiera recuperar sus derechos en las iglesias y la situación de su seminario pudiera regularizarse. Pero el Papa Pablo VI quería una sumisión total, sin tener que hacer ningún gesto hacia los católicos tradicionales; una rendición incondicional.

Por lo tanto, el Papa exhortó a Monseñor Lefebvre a alinearse, repitiendo las palabras de Monseñor Adam, quien, en nombre de la Conferencia Episcopal de Suiza, le había dicho que ya no podía tolerar las actividades del obispo francés: "¿Cómo puede decir que está en comunión con nosotros, cuando adopta una posición contra nosotros, ante los ojos del mundo, para acusarnos de infidelidad y de querer destruir la Iglesia?"

El Papa Pablo VI introdujo el clavo hasta el fondo: "Usted lo ha dicho y usted lo ha escrito. Soy un Papa modernista. Al implementar un Concilio ecuménico, estoy traicionando la Iglesia. ¡Entiende usted que si ese fuera el caso, yo debería renunciar, e invitarlo a asumir mi lugar para dirigir la Iglesia!

Frente a la tormenta que estaba volviendo a estallar, Monseñor Lefebvre intentó argumentar con un hecho serio: "La crisis de la Iglesia existe." "Y nos provoca mucho sufrimiento," interrumpió Pablo VI. "Usted ha contribuido a empeorarla, con su desobediencia manifiesta, con su rebeldía abierta hacia el Papa."

La reunión empezaba a ponerse tensa nuevamente.

Sirviendo a la Iglesia a pesar de todo

Monseñor Lefebvre se quejó de que no estaba siendo juzgado como debería ser. "El Derecho Canónico es el que lo juzga", respondió inmediatamente el Papa. "¿Se da cuenta del escándalo y del daño que le ha ocasionado a la Iglesia? ¿No está consciente de ello? ¿Sería capaz de comparecer ante Dios así? Examine su conciencia y pregúntese frente a Dios qué es lo que debería hacer."

De acuerdo con el informe, Monseñor Lefebvre respondió repitiendo su petición hacia el Papa de un gesto en favor de los católicos tradicionales, insistiendo en los beneficios que resultarían de hacer lo que se había hecho en el pasado; "todo funcionaría". "Como dije, yo no soy el líder de ningún movimiento. Estoy listo para quedarme encerrado en mi seminario para siempre."

Y habló del excelente trabajo que se estaba llevando a cabo en dicho lugar, con la formación de verdaderas vocaciones sacerdotales:

Las personas que se ponen en contacto con mis sacerdotes quedan edificadas. Mis sacerdotes son hombres jóvenes con un sentido de la Iglesia; son respetados en las calles, en los transportes públicos, en todas partes. Otros sacerdotes ya no usan la vestimenta eclesiástica, ya no confiesan, ya no predican. Las personas han tomado su decisión: estos son los sacerdotes que queremos.

Monseñor Lefebvre intentó mencionar una última vez la crisis ocasionante de todos los males que producían tanto sufrimiento a la Iglesia. Como el argumento del pluralismo no había funcionado, Monseñor explicó al Papa cómo la liturgia se había convertido en el objeto de una creatividad desenfrenada: "¿Sabía usted que en Francia hay por lo menos catorce Cánones diferentes usados para la oración eucarística?"

El Papa respondió inmediatamente: "No, no son catorce, ¡son casi cien...!" Deseaba demostrar a Monseñor que estaba totalmente consciente de la situación y que estaba tomando medidas al respecto:

Hay abusos, pero el Concilio está haciendo mucho bien. Mi intención no es justificar todas las cosas; como ya dije, estoy intentando corregir lo que necesita ser corregido. Pero también debemos admitir que hay señales, gracias al Concilio, de una fuerte renovación espiritual entre la juventud; un aumento en el sentido de responsabilidad entre los fieles, los sacerdotes y los obispos.

Monseñor Lefebvre estaba completamente dispuesto a admitir que, obviamente, podía haber aspectos positivos: "No digo que todo sea negativo. A mí también me gustaría colaborar para construir la Iglesia."

"Pues, definitivamente, éste no es el modo en que ayudará a construir la Iglesia," respondió Pablo VI. "¿Se da cuenta de lo que está haciendo? ¿Se da cuenta de que está yendo directamente en contra de la Iglesia, del Papa, del Concilio? ¿Cómo puede adjudicarse el derecho de juzgar el Concilio? Un Concilio cuyas actas fueron firmadas casi en su mayoría por usted." Después de esto, el Soberano Pontífice empezó con la conclusión de la audiencia.

El fin de la audiencia

Pablo VI dijo haber aceptado humildemente los reproches del obispo francés y su severidad hacia él, afirmando que, a medida que se acercaba al final de su vida, deseaba meditar al respecto y consultarlo con los dicasterios. Y añadió que tenía en alta estima a Monseñor Lefebvre: "Reconozco sus méritos, y en el Concilio coincidimos en muchas cosas..." "Es verdad," admitió Monseñor.

Como debe ser, el último en hablar fue el Santo Padre: "¿Entiende que no puedo permitirle que se haga culpable de un cisma, aun si se trata de razones que usted considera "personales"? Haga una declaración pública en donde se retracte de sus declaraciones recientes y de su comportamiento, que el mundo entero ha entendido como acciones contrarias a la edificación de la Iglesia, que buscan dividirla y perjudicarla." Y antes de rezar juntos un Pater Noster, un Ave Maria y un Veni Sancte Spiritus, finalizó diciendo: "Debemos encontrar la unidad en la oración y la meditación."

Aclaraciones y Diferencias

El informe del Cardenal Benelli corrobora el relato de Monseñor Lefebvre respecto a los temas más importantes, pero existen algunas diferencias entre ambos.

Algunas de las diferencias sólo son detalles pequeños. Monseñor Lefebvre, que había visitado Fanjeaux, donde las Hermanas Dominicas del Santo Nombre de Jesús estaban siendo sometidas a una persecución generalizada por el obispo local, sin duda, se refería a ellas cuando mencionó la diferencia en el tratamiento dado a los perseguidos a causa de su fidelidad a la vida religiosa y aquellos que eran animados en sus deserciones más escandalosas:

Las monjas que visten como seglares son aceptadas, pero las hermanas a las que visité hace dos días están siendo reducidas al estado laico y el obispo les ha pedido en cinco ocasiones que abandonen sus hábitos. Lo mismo sucede con los sacerdotes que son fieles al catecismo de siempre y a la Misa de su ordenación, los cuales están siendo echados a la calle; y quienes ya no parecen sacerdotes son aceptados.

De acuerdo con Monseñor Lefebvre, dos de los documentos del Concilio que se había negado a firmar se mencionaron explícitamente: Dignitatis Humanae y Gaudium et Spes. Cuando el Papa le preguntó por qué se negaba a reconocer la doctrina de la libertad religiosa tal y como era promulgada por el Concilio, Monseñor Lefebvre citó a varios Pontífices Romanos: "Contienen pasajes que contradicen textualmente lo enseñado por Gregorio XVI y Pío IX..." "¡Dejemos este tema a un lado!", interrumpió el Papa. "¡No estamos aquí para discutir sobre teología!", y Monseñor Lefebvre pensó para sí mismo: "¡Esto es increíble!"

Finalmente, el informe del Cardenal Benelli no hace ninguna mención del "juramento contra el Papa", que Pablo VI le reprobó duramente a Monseñor Lefebvre, por el hecho de pedir a sus seminaristas de Ecône firmar este juramento. Sin embargo, existe un relato contado por el arzobispo, un día después de la audiencia:

Pablo VI: "No tiene ningún derecho a oponerse al Concilio; usted es un escándalo para la Iglesia, la está destruyendo. Es horrible, usted levanta a los cristianos contra el Papa y contra el Concilio. ¿No siente nada en su conciencia que lo condene?"

Monseñor Lefebvre: "Absolutamente nada."

Pablo VI: "Es usted un irresponsable."

Monseñor Lefebvre: "Sólo sé que estoy dando continuación a la Iglesia. Estoy formando buenos sacerdotes."

Pablo VI: "Eso no es verdad. Usted está formando sacerdotes contra el Papa. Los hace firmar un juramento contra el Papa."

Monseñor Lefebvre: "¿Que los hago firmar qué cosa? (Al escuchar esta increíble afirmación, me llevé las manos a la cabeza.) Todavía puedo verme haciendo esto y diciendo: "Santísimo Padre, ¿cómo puede decirme algo así? ¡¿Que los hago firmar un juramento contra el Papa?! ¿Puede mostrarme una copia de ese 'juramento'?" (Estaba consternado. [Pablo VI] estaba completamente convencido de lo que el Cardenal Villot, probablemente, le había dicho.)

Pablo VI: "¡Usted condena al Papa! ¿Qué ordenes me dará? ¿Qué debo hacer? ¿Presentar mi renuncia para que usted pueda tomar mi lugar?"

Monseñor Lefebvre: "¡Ah! (Volví a poner mi cabeza entre mis manos) Santísimo Padre, no diga esas cosas. ¡No, no, no! Permítame continuar. Usted tiene la solución en sus manos. Sólo necesita decir una cosa a los obispos: 'Acepten con comprensión a estos grupos de fieles que se adhieren a la Tradición, a la Misa, a los sacramentos, y al catecismo de siempre; denles lugares de culto.' Estos grupos serán la Iglesia, encontrarán vocaciones en ellos y serán lo mejor de la Iglesia. Los obispos lo comprobarán. Déjeme mi seminario. Permítame seguir llevando a cabo este experimento de la Tradición."

Conclusión: Lecciones para Nuestros Tiempos

Los dramáticos días del "Verano de 1976" son una página en la historia que sigue vigente en la actualidad. Pablo VI tomó como un insulto personal las graves acusaciones que Monseñor Lefebvre hacía contra el Concilio Vaticano II y contra el soplo de la revolución que se extendía después del Concilio.

La reforma litúrgica que buscaba mezclar la Misa católica con el Cenáculo Protestante, el ecumenismo a diestra y siniestra, la multiplicación de los experimentos más inverosímiles - excepto el de la Tradición -, la adaptación de la vida sacerdotal y las órdenes religiosas al mundo que provocaba una grave crisis en las vocaciones, las doctrinas más heterodoxas circulando libremente, los abusos en todos los ámbitos: la situación general de la Iglesia se había vuelto catastrófica rápidamente.

La reacción de Monseñor Lefebvre, su obra de formación sacerdotal fiel a lo que la Iglesia siempre había hecho, su intención de servirla preparándose para el futuro y construyendo sobre las rocas de la Tradición, y su enérgica denuncia contra los errores; evidentemente, nada de esto era comprendido.

Un hecho muy revelador, y sumamente paradójico, es que fue Monseñor Lefebvre quien sugería el diálogo y buscaba soluciones, mientras que Pablo VI, el artesano del diálogo a diestra y siniestra, exigía la sumisión y obediencia más estrictas. 

Aunque no aparece en la transcripción del Cardenal Benelli, el episodio del juramento que Pablo VI estaba convencido que Monseñor Lefebvre hacía firmar a sus seminaristas dice mucho de la situación. "Ni este juramento," comenta Monseñor Tissier de Mallerais, "ni nada parecido existió nunca. ¡Jamás! Monseñor Lefebvre había sido calumniado ante el Papa, lo cual explicaría por qué Pablo VI se sentía personalmente ofendido." Esto también explicaría por qué pensaba que estaba tratando con un obispo rebelde y sedicioso, impulsado por la ambición y la venganza, quien se alinearía si era reprendido. La reunión muestra que su enojo se tranquilizó hacia la parte final, y que no todo podía resolverse mediante un acto de obediencia cuando era la fe la que estaba en peligro. ¿No debemos obedecer a Dios antes que a los hombres? (Hechos 5:29)

En retrospectiva, la prohibición del Papa Montini a la Misa de San Pío V, como lo expresó en el Consistorio de 1976, no duró mucho tiempo. En 2007, el Papa Benedicto XVI incluso declaró que el rito tradicional del Missal Romano jamás había sido derogado.

Otro aspecto digno de señalar en este episodio es que Pablo VI, al igual que sus sucesores, sólo hace mención del Concilio Vaticano II y de sus obras y pompas. Como si la Iglesia no tuviera dos mil años de sabiduría, doctrina y enseñanzas magistrales para enseñar y transmitir. Ésta fue la propuesta sincera de Monseñor Lefebvre al Sucesor de Pedro: poner a prueba fielmente el experimento de la Tradición, utilizando a la Fraternidad para construir la Iglesia. Sin reprimirlo ni casarlo con la Revolución, sino mostrando a las autoridades - a los obispos de todo el mundo - que en esto radica la solución a la crisis de la Iglesia.

En cuanto a la audiencia, ésta no tuvo ningún resultado. Era evidente que el Papa esperaba que Monseñor Lefebvre hiciera una declaración pública retractándose de su postura, y el obispo de Ecône esperaba un gesto hacia los católicos divididos entre una desobediencia aparente hacia el Papa y su obligación de permanecer fieles a la fe, a la Misa y a los sacramentos.

Una audiencia sin resultados

Las tensiones se suavizaron. El 14 de septiembre de 1976, Monseñor Lefebvre expresó sus deseos en la televisión francesa:

Se ha establecido un nuevo entorno, el hielo se ha roto... Fue una conversación, la primera negociación, por decirlo de alguna manera. Esperamos una luz verde, ser aprobados como todos los demás experimentos que se están realizando actualmente... el Papa me dijo que consultaría con la Congregación al respecto. Pablo VI me dio a entender que este diálogo continuaría, pero después de un par de meses. Luego de todas las pruebas que nos han separado, no vamos a encontrar una solución en cuarenta y ocho horas... Para nosotros, no existe el tema del cisma, estamos dando continuidad a la Iglesia... En la medida en que el Papa esté en unión con sus predecesores, estaremos en perfecta unión. Cuando las novedades empiezan a surgir, entonces debemos examinar si estos cambios están en verdadera consonancia con la Tradición.

El 16 de septiembre, el Superior de la Fraternidad San Pío X escribió al Santo Padre para agradecerle por haberle concedido una audiencia:

Estamos unidos por un punto en común - el deseo ardiente de ver el fin de todos los abusos que están desfigurando a la Iglesia. ¡Cómo desearía poder colaborar con Su Santidad y bajo su autoridad en esa obra tan benéfica, para que la Iglesia pudiera recuperar su verdadero rostro.

El 11 de octubre, Pablo VI escribió a Monseñor Lefebvre una larga carta, reprochándole su "rebeldía". Tomando nota del deseo del obispo francés de trabajar en aras de la Iglesia, el Papa lo reprendió severamente por su actitud inmutable:

Habla como si se hubiera olvidado de sus palabras y gestos  tan escandalosos contra la comunión eclesial - de los cuales jamás se ha retractado. No muestra arrepentimiento, ni siquiera por la causa de su suspensión a divinis. No expresa explícitamente su aceptación de la autoridad del Concilio Vaticano II y de la Santa Sede - y es aquí donde radica su problema - y continúa realizando esas obras personales suyas, que la Autoridad legítima le ha ordenado expresamente suspender.

Los ejes principales habían sido establecidos para los años venideros. Mientras que Monseñor Lefebvre insistía en salvar la Misa, luchar por la fe, mantener la formación de sacerdotes y salvar el sacerdocio católico, la autoridad respondía exigiendo "una actitud de obediencia verdaderamente eclesial sin reservas ni condiciones." Unidad, sí, pero en la Verdad.

Padre Christian Thouvenot