Nos ha lavado con su sangre...

Abril 19, 2019
Origen: Distrito de México

"Oh Jesús, has sido inmolado y nos has comprado con tu sangre." (Ap. 5:9). Sí, que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo caiga sobre nuestras cabezas y las de nuestros hijos, pues la humanidad entera necesita de esa Sangre preciosa, derramada con tanto amor, para ser lavada de las inmundicias del pecado.

En la primera página del Apocalipsis, el libro profético que celebra el triunfo del Verbo de Dios, Cristo es exaltado como el Salvador que ha derramado su sangre por la redención del mundo. "Al que nos ama, nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados... la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (1:5). El misterio del amor de Cristo a los hombres se revela principalmente en su pasión, cuyo aspecto adquiere particular relieve por la sangre derramada hasta la última gota.

El Evangelio registra los momentos culminantes. "Pilatos tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza" (Jn 19, 1:2). Azotes y espinas que enrojecieron pronto de sangre la cabeza, el rostro y la espalda del Salvador. En ese estado es presentado a la multitud: "Aquí tenéis al hombre" (ib 5). Se verifica entonces uno de los hechos más desconcertantes de la historia. Pilatos, pagano, declara: "inocente soy de la sangre de este justo" (Mt. 27:24), mientras el pueblo elegido, tan amado de Dios y tan beneficiado por Jesús, instigado por los sumos sacerdotes y ancianos grita: "¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (ib 25). La frase indica la plena responsabilidad que asume el pueblo en la condena a muerte de Jesús. Pero tal vez no sea aventurado decir que expresa inconscientemente el grito de la humanidad entera necesitada de la sangre de Cristo para ser lavada de las inmundicias del pecado.

Esta realidad la testimonia toda la Escritura. "Pues es imposible - escribe San Pablo - que la sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este mundo, dice [Cristo]: Sacrificio y oblación no quisiste, pero me has formado un cuerpo... Entonces dije: He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 4:7). El cuerpo que el Padre le ha preparado, la sangre que la naturaleza humana le ha proveído, todo se inmola y se derrama en sacrificio para la redención de la humanidad. "Habéis sido rescatados... - recuerda San Pedro -, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla., Cristo" (1 Pe. 1, 18:19). 

San Lucas es el único de los evangelistas que nos ha transmitido el recuerdo de la primera sangre derramada por Cristo en su pasión, cuando en el huerto de los Olivos, por la intensidad de la angustia interior, "su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en la tierra" (Lc. 22:44). Detalle precioso que demuestra la cruda realidad de la Pasión del Señor sufrida en una carne humana como la nuestra, y que igual que a la nuestra le repugnaba el sufrimiento y la muerte. Pero Jesús sale victorioso de esta dolorosísima agonía repitiendo su sí a la voluntad del Padre que le presenta el cáliz amargo.

En cambio, Juan, único apóstol presente en el Calvario, habla de las últimas gotas de sangre brotadas del costado abierto de Cristo: "uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Jn. 19:34). El que escribe ha sido testigo ocular y tiene todavía ante los ojos la visión del cuerpo destrozado y sangrante de Jesús crucificado. ¡Toda su sangre ha sido derramada por nuestros pecados! Bastaría meditar a fondo esta verdad para decidirse a cualquier renuncia con tal de eliminar el pecado de la propia vida. San Pablo, recordando con acento conmovido lo que Jesús sufrió en su pasión, añade: "Vosotros no habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado" (Hb. 12:4).

¿Qué cristiano puede decir que ha luchado "hasta llegar a la sangre" para vencer el orgullo, el egoísmo o cualquier pasión que induzca al mal? Jesús, cordero inocentísimo, ha castigado en Sí mismo los pecados de los hombres con una muerte ignominiosa y sangrienta, y el hombre no sabe castigarlos siquiera con el sacrificio de sus inclinaciones viciosas. Ceder al pecado es despreciar la sangre de Cristo, es despreciar el amor y dolor que Él ha derramado.

Oh, Cristo crucificado, nosotros fuimos la tierra en que fue clavado el estandarte de tu Cruz; nosotros estuvimos como vaso para recibir tu sangre que corría por la Cruz... La tierra no era suficiente para sostener en pie la Cruz, y aún habría rehusado tal injusticia; ni clavo alguno habría sido suficiente para tenerte sujeto y clavado, si el amor inefable que a nuestra salvación tenías no te hubiese retenido. De modo que la ardiente caridad hacia el honor del Padre y hacia nuestra salvación, te retuvo en la Cruz... Si conozco esta verdad y me desposo con ella, encontraré en tu sangre, Cristo, la gracia, la riqueza y la vida de la gracia; encontraré cubierta mi desnudez, me encontraré vestida con el traje nupcial del fuego de la caridad, mezclados fuego y sangre, la cual Tú has derramado por amor y unido a la Divinidad. Oh Cristo crucificado, haz que por tu sangre me nutra de misericordia; por tu sangre disipe las tinieblas y guste de la luz, porque por tu sangre apartaré la tiniebla del amor propio sensible y el temor servil que da pena, y recibiré el temor santo y la seguridad del amor divino, que encontraré en tu sangre. Pero el que no sea hallado amador de esta Verdad... estará en tinieblas y desnudo del vestido de la gracia..., no por defecto de tu sangre, sino porque despreció la sangre y, como enceguecido por el amor propio, no vio ni conoció la Verdad en la sangre. Haz que me anegue, pues, en tu sangre, oh Cristo; que me bañe en la sangre y me revista de ella. Y si soy infiel, bautízame otra vez con tu sangre; si el demonio me ofusca los ojos del entendimiento, lávame la vista con tu sangre; si caigo en la ingratitud de no apreciar tus dones, hazme agradecida en tu sangre. Disipa la tibieza con el calor de la sangre, y expulsa las tinieblas con la luz de la sangre, para que llegue a ser esposa de la Verdad. (Santa Catalina de Siena, Epistolario 102).