Santa Inés, virgen y mártir - 21 de enero

Enero 21, 2021
Origen: fsspx.news

Es una niña de trece años a quien ha dado el Emmanuel la intrepidez de ser Mártir; marcha sobre la arena con paso tan firme como el oficial romano o el diácono de Zaragoza. 

Es el fruto admirable de la virginidad de su Madre, la cual estimó en más la fecundidad del alma que la del cuerpo, abriendo un nuevo camino por el que las almas escogidas se lanzan rápidamente hacia el Sol divino, para contemplar con mirada virginal y sin celajes, sus divinos destellos; porque Él había dicho: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mat., V, 8.)

Gloria imperecedera de la Iglesia católica, única que posee en su seno el don de la virginidad, origen de todas las grandezas, porque nace exclusivamente del amor. Honor sublime de la Roma cristiana el haber engendrado a Inés, ángel terreno, ante cuya presencia palidecen aquellas antiguas Vestales, cuya virginidad colmada de favores y riquezas, no sufrió nunca la prueba del hierro ni del fuego.

¿Existe alguna fama que se pueda comparar con la de esta niña de trece años, cuyo nombre se leerá hasta el fin del mundo en el Canon de la Misa? Después de tantos siglos, aun quedan en la ciudad santa, huellas de sus pasos inocentes. Aquí un templo levantado sobre el antiguo circo Agonal, que nos introduce bajo bóvedas envilecidas en otro tiempo por la prostitución, y ahora embalsamadas con el perfume de la Santa.

Más allá, en la Vía Nomentana, fuera de los muros de Roma, una elegante Basílica, construida por Constantino, que guarda el casto cuerpo de la virgen, bajo un altar revestido de piedras preciosas. Alrededor de la Basílica, bajo tierra, comienzan y se extienden amplias criptas, en cuyo centro descansó Inés hasta el día de la paz, junto a muchos miles de mártires que la daban guardia de honor.

Tampoco debemos pasar por alto el gracioso homenaje que todos los años tributa a la joven virgen la Santa Iglesia Romana en el día de su fiesta. En el altar de la Basílica Nomentana son colocados dos corderos, que recuerdan a la vez la mansedumbre del Cordero divino y la dulzura de Inés. Después que los bendice el Abad de los Canónigos regulares que están al servicio de aquella Iglesia, son llevados a un monasterio de religiosas, que los crían con esmero; su lana sirve para tejer los Pallium que envía el Soberano Pontífice a todos los Patriarcas y Metropolitanos del mundo católico, como símbolo esencial de su jurisdicción.

De esta manera con el ornamento de lana que estos Prelados deben llevar sobre sus hombros como imagen de la oveja del buen Pastor, y que el Papa toma de la tumba de San Pedro para enviárselo, llega hasta los confines de la Iglesia el doble sentimiento de la fortaleza del Príncipe de los Apóstoles y de la virginal dulzura de Inés.

Dom Prosper Guéranger